Tras un prolongado silencio, fruto de algunos cambios y algunas búsquedas personales,estoy de nuevo por aquí. No siempre en mi vida (pese a que los que me conocéis de hace poco lo podríais pensar) he sido de costumbres inamovibles, aunque mis últimos años sí hayan sido una comunión con el entrenamiento y en este caso el triatlon. Años, estos últimos, demasiado intensos como para olvidarlos de un golpe.

Hubo un tiempo en el que pensé que , pese al progreso que vivíamos casi cada año de nuestra vida, la humanidad retrocedía hacia la barbarie. Las guerras, el terrorismo,la insolidaridad, entre otras lacras, acrecentaban este sentimiento. Era entonces cuando comencé a aferrarme al deporte; entonces pude darme cuenta de los sentimientos nobles que destilaba la práctica deportiva pura, en gran medida por la conjunción armoniosa de cuerpo y mente que busca el atleta en su lucha para vencer a los demás ó vencerse a si mismo, y que le hace intrínsecamente bueno como humano. Ese atleta/ser humano ha nacido para crecer en esa su esencial condición. Atrás quedan las teorías trasnochadas de Descartes que afirmaban que el cuerpo iba por un lado y la mente por otro, las caducas creencias de que el esfuerzo nos animalizaba. Cuerpo y mente, hoy y siempre, deben ir en simbiosis para triunfar. El atleta no solo debe realizar movimientos depurados que le catapulten a la victoria, sino que necesita imaginar la perfección de los mismos; “la humanidad, (escribió Teilhard de Chardin), se une en un esfuerzo por descubrir. Y lo que intenta descubrir es , en último extremo, sino la forma de superhumanizarse, si al menos la de ultrahumanizarse”.

Es este el mensaje de ilusión, de motivación. Y para los que sois espectadores, mi mensaje es…no lo dejéis para el año que viene. Es un error. Tan solo un año de nuestra vida puede convertirnos en una nueva persona, cambiar de un plumazo nuestro sedentarismo en vigor y resistencia; el deporte no es para privilegiados. El deporte juego , ó el deporte- competición, (o si preferís, la unión de ambos, si es que pueden separarse), aviva en nosotros la llama de la anunciada humanización de esa sociedad con la que soñamos.
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