Al menos por ahora, epílogo a mis “Reflexiones…”. Sirvan estos nuevos párrafos para dar contenido y refuerzo en el ideal ,a todos aquellos que se afanan día a día en su empeño deportivo y por añadidura viven para el reencuentro personal.

(…)

(XV)

Fui un idealista, aún tal vez lo sea. He buscado toda mi vida, removiendo entre las almas, a los espíritus límpios de los que aprender ó a aquellos con los que sentir complicidad, a los que seguir cual luz en la oscuridad… pocos maestros ó padawans en el arte de crecer y crear sin esperar.

Tal vez haya desistido, he perseverado en el empeño durante años , entregando incluso buena parte de lo que fui y lo que soy,  despreocupadamente, creyendo en el ser humano. A la postre encontré, sobre todo, reproches ó infidelidad; es nuestra raza humana.

Aún así, un puñado de espíritus me acompañan en el camino vital. Un puñado ó tal vez un gentío.

He conocido muchos espíritus vanos, tocados por su propio ego. Gentes maduras, pero también jóvenes, muy jóvenes.

Nos olvidamos  practicar la gratitud. La gratitud es como agua que fluye y no lucha contra nada.

Lamentablemente, el ser humano vive en constante agitación, buscando prevalecer frente al congénere, no respetando siquiera a quien , cuando era desvalido ó falto de adaptación, tendió su mano.

Nunca quieras crear nada para apropiarte, no trabajes para conseguir, ni desprecies para prevalecer,se generoso en tus gestos.

(XVI)

Explorar es la consigna, también para el futuro. En la espesura, hay senderos que nunca acaban, lugares a los que casi no llega la luz, claros de silencio.

Aún puedo seguir luchando deportivamente, aunque ya tocara  mi techo, pero se que hay una luz que aún no he visto, un atardecer al límite, ó una luna que encontrar. Después de combatir denodadamente, a menudo pienso en seguir haciéndolo, aunque también a veces piense en desistir.

Por si volviera a luchar, convendría no olvidar las olas del viento, el latente silencio, ó el dolor que desgarra después de horas, todo aquello que me acompaña toda una vida.

A pesar de todo, siento el tiempo que pasa, ó mis años, que tratan de huir del tiempo.

(XVII)

He existido casi para un cronómetro, aunque mucho más antes que ahora.

Ley de vida. Nada que ver el tiempo dedicado ahora al entrenamiento comparado con el de hace años.

Ayer memorizaba las distancias: Steve Ovett, mil seiscientos nueve metros; Gianni Poli, cuarenta y dos kilómetros ciento noventa y cinco metros; Scott Tinley, doscientos veintiseis kms.

Son dígitos, pero nada comparado con la secreta ambición de  hacerse dueño de las distancias, o ridiculizar el paso del tiempo; que el tiempo se dilate y nos sobre, que la mente y el cuerpo no sufran nunca el desgaste que ahora entendemos como inaplazable.

Como cuando Jerome Benedetti en un Marathon de Boston allá en 1944 cruzó la meta, siguió corriendo hasta un bosque próximo y no se le volvió a ver jamás.

Hay muchos hombres así. Yo los he conocido. Persiguen su soledad en los entrenamientos, se esfuerzan, persisten y eso les distingue.

Duran casi eternamente, como si tuvieran un fondo indestructible. Así me gustaría ser a mi… porque , en esencia, soy mucho más frágil.

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