Menos de cuatro semanas. A estas alturas, el cuerpo de un triatleta debe ser espiritado, asténico. La mirada , a veces, un tanto perdida. Los dedos de las manos, como sarmientos. Como las vides de los campos castellanos, los triatletas habrán soportado el frío de enero, la niebla de febrero, el viento de marzo y la lluvia de abril. En mayo, comienza a atisbarse el sol.

Pero en el mayo de Lanzarote, una prueba aún más dura que el a veces desaprovechado invierno, aguarda a los triatletas: el insolente astro rey y a menudo un viento desconocido para los habitantes del Viejo Continente. Será la última prueba , y esta si es de fuego, para alcanzar una de las metas más preciadas del deporte mundial.

Algunos disfrutan de esa atmósfera desde hace meses y llevarán la lección superestudiada… En la imagen, Carmelo Ruiz y Alvaro Quintana después de achicharrarse dos horas a pie bajo el sol canario.
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